domingo, 11 de diciembre de 2011

Pedro José Moreno. Poesía.




EL HOMBRE

Llevo la espalda llena de agujeros,
de pozos negros, nidos de la muerte
que, poco a poco, va haciéndose más muerte
a costa de la vida.
Ya sé que no me lloras.
¿Para qué añadir al fuego de la sangre
el ingrediente estéril de las lágrimas?

Veo tantas personas
con las espaldas llenas de alfileres
clavados por celosos defensores
del orden, de la causa o del progreso.

En mí clavó el arpón
el clérigo celoso de la causa
que olvidó los efectos y defectos
que causa la tal causa.

El médico de la seguridad social
que se ha creído eso
porque él sí que la tiene.
Sin embargo,
a pesar de tantísimo seguro,
lo único seguro
es la inseguridad que padecemos.

El profesor que enseña
la ciencia que profesa
de esa manera tan profesional.

El comerciante
que dispara su flash de mil colores
llenado de agujeros los bolsillos
y perdemos la sangre gota a gota,
la sangre y el sudor de tantos días.

El político que, fiel a su partido,
quiere sacar partido de nosotros;
y así estamos: Partidos.

El torero, el guardián, el periodista,
el artista, albañiles y banqueros…
Y hasta el padre y la madre.

Cuándo vais a aprender que es preferible
que se mueran todas las instituciones
antes que un solo hombre
escupa sangre o bilis.
Pues lo único que importa,
Como decía el poeta,
lo único,
es el hombre.


Pedro José Moreno.
Desde Valencia, España.

Adelaida Milla. Poesía.






ENERGÚMENOS

Nuestro derecho a la vida,
por eso digo y afirmo
que los hombres escasean,
presumiendo así de ello
actuando como fieras,
y es que como la justicia llega
justamente en cuentagotas,
son tan pocas las que hay
que a ninguno así le toca.
Por dentro siento una rabia…
porque la mujer es tonta
por aguantar los insultos
igual que su primera ostia.
Para mí hay un porcentaje
de mitad con la mitad,
el hombre tiene la fuerza
la mujer capacidad,
y hay cincuenta maneras
de ellas llevar el timón:
cuando duermen,
cuando comen,
cuando están en un sillón.
Porque la vida es valiosa
y por tener solo una
la tienes que defender
aunque en la cárcel te pudras.
Si más de una cogiera
la justicia por su mano,
como quitarles la vida,
como dejarlos castrados…
Hay montones de razones
que te pueden defender,
pues la justicia casi no existe
si no solo para él.
Si eres mujer de tu casa,
si eres madre tú también,
y muchas salen de casa
si es que así quieren comer,
de su costilla salimos
pero nada les debemos
por actuar como fieras
y obrar como cabestros.
Mujer, defiende tu vida,
lucha por tu estar aquí,
acaba con ese macho
que no te deja vivir.
Si eres mujer de tu casa,
si eres fuerte al parir,
si estás criando a tus hijos,
¿qué más te pueden pedir?
¿No ves que la fuerza nuestra
es nuestra propia razón?
Luchemos todas unidas
y que oigan nuestra voz.
Si la justicia dice
que todos somos iguales
actúa igual que ellos
y tíralo a la calle,
y si el te amenaza
avísale a tu interior,
y pártele la cabeza
a la primera ocasión.


Adelaida Milla.
Desde Valencia, España.

Ana María Martínez. Poesía.




CARTA A UNA MUJER

Va, para todas esas mujeres que
 de alguna forma sufren maltratos de sus parejas.

No permitamos que haya otra víctima más
 por manos de los que NO saben amar,
 respetar y valorar a esa mujer que en su día lo amo,
hay que prevenir educar y concienciar a la población.
Aun existen hombres que siguen siendo machistas y dominantes.
La solución no es tratar de ocultarlo sino solucionarlo.

Hay que poner fin a toda esa discriminación
y de incomprensión de todo aquel necio
que aún piensa que la mujer no tiene derechos.
Esto es un dolor que nos infecta y a otros nos afecta.
Es más hombre el que llora que el que maltrata.

Tus ojos nublados delatan tu cuerpo.
Una y otra vez arde el dolor en tu piel.
Una y otra vez el horror de todos los días.

Mujer.. no esperes a llorar asomada a la ventana
esperando que por ella pase la solución,
tú, solo tú puedes poner fin a esos ultrajes.
¿Cuánto tiempo más vas aguantar que escupan a tu alma?
¿Por qué morir por sufrimiento?

Tienes que tener valor ahora para después tener calidad de vida.
Si, amiga, mía,no permitas que sus palabras
 hagan daño a tu propio ser,
no permitas que te levante la mano,
para tomar el control de tu propia vida.
Ya es hora de programar tus mejores sueños y deseos.

Aléjate al primer insulto y vejación,
esto es el principio de lo que luego te puede venir,
no esperes a estar muerta para tener razón,
por ese monstruo disfrazado de hombre,
donde pasea por las calles como si fuera normal.
Eres mujer vestida de rosas y tu alma de espinas,
poco a poco va muriendo tu confianza
y la autoestima, tu mente no despierta.

No lo vivas en silencio, tú y solo tú
puedes poner fin a ese sufrimiento.
Levanta tu mirada…y mira al frente,
verás que no estás sola, levanta la cabeza y no calles,
y proclama…
que a esta alma mía,
ya no se toca,
ni se viola,
ni se mata.


Ana Mª Martínez.
Desde Valencia, España. 




sábado, 10 de diciembre de 2011

Javier Tallón. Poesía.






LIBERACIÓN


“La última vez”, me dijiste;
“nunca más”; prometiste.

El miedo atenazó mi garganta
cautiva de la angustia,
anegándose mis ojos
en las mareas salobres
de tantas noches sin luna.

Pasó el tiempo y el crepúsculo difuminó
el reflejo de mi piel castigada,
del malva púrpura al ocre macilento
reflejando mi tormento.

Sin rastro de maquillaje
con que la realidad me cubría,
ni deseos,ni sueños ...
mi mente se evadía.

¡DOLOR !¡ no despiertes a mis hijos,!
¡ignóralos!¡ gime en silencio!
Lacerante agonía,
oculta tus sollozos
y permanece fría.


“Cállate, gritaste
“Espera y verás”, anunciaste.

La sombra de la humillación cubre
la distancia hasta la puerta,
atrapada, cual marioneta,
no se percata que está abierta.

Logré escapar de tu cárcel,
débil, ilusionada , confiada...
tras la esperanza soy fugitiva
de una traición desgraciada.


Ahora intento levantar
mi dignidad doblegada,
controlar el temblor
de la voluntad mancillada.

Mas... la memoria me atormenta
con tus últimas palabras:
“La última vez”, me dijiste;
“nunca más”; prometiste.

Javier Tallón.
Desde Castellón, España.

Antonia Sajardo. Poesía.





ACEPTÉ


Acepté que ya no hubiese flores en mi despacho,
Acepté que el frío me calase al alba cuando solo intuía tu espalda,
Acepté domingos invernales y mudos nevando sólo fútbol,
Acepté olvidos de fechas en tu agenda, abierta siempre al resto,
Acepté resfriados y curas no recíprocos ni compartidos,
Acepte subir escalones bajo la espada del ninguneo,
Acepté ocultar mis anhelos por mantener tu sonrisa,
Acepté acortar mis faldas, caminar de puntillas, ocultar mis arrugas, teñir mis canas, por que tu mirada no se diluyese en el eco.
Acepté tu hipoacusia cuando mis manos lloraban soledad,
Acepté fingir en tu cama por no debilitar tu ego,
Acepté que me exhibieses tu geisha como macho alfa en territorio ajeno.
Pero hoy ya no acepto que me vacíes el alma,
desasosiegues mi razón,
y robes mi credo.


Antonia Sajardo, noviembre, 2011.
Desde Valencia, España.

Carmen Carrasco. Poesía.





SÓLO ESPINAS

Flor deshojada.
Espinas en el alma.

Me hablaste en el lenguaje de los ángeles
al comienzo feliz de nuestro encuentro.
Y al transcurrir del tiempo en nuestras vidas
tus palabras en ira transformaste
destrozando así las alas de aquel ángel.

Fuiste brisa benéfica en mi campo
que mi mejor cosecha hacía crecer.
Mas, con negras alas de frío viento,
extendidas como brazos de gigantes,
arrasaste lo mejor que había en mi ser.

Escribiste el mejor de tus poemas
y con luz de luna los versos recitabas.
Luego, borraste esas rimas amorosas
y con saña tus versos destrozando
rompiste sin piedad aquel poema

Me ofreciste la rosa de tu vida
como regala su mejor flor el jardinero.
Pero sus hojas arrancaste un día,
arrojando su hermosura al viento,
y de la rosa sólo quedaron las espinas.

Eras luz que iluminaba mi sendero
el día que apareciste en mi camino.
Hoy esa luz resplandeciente has apagado
y en mi triste crepúsculo, ciega y a oscuras,
voy caminando perdida y sin destino.


CARMEN CARRASCO
En el día internacional contra la violencia de género.
Desde Valencia, España.

Amparo Peris. Poesía.





COLGADA COMO UNA SUICIDA

Escribo sin tinta, ni papel,
con la pluma de oro
que tú me regalaste.
Miro el mar frío como el mármol.
¿O no es el mar?
Escucho
tus silencios grabados en mi piel
como alfileres
y tus gritos impregnados en mis ojos.
Temo tu poesía, tus palabras
y a ti, que ya no estás conmigo.
La silueta de las palmeras
se refleja como una sombra,
mi cuerpo yace sobre la arena.
No crees que sea yo.
Desde tu cárcel o la mía
me sueltas al vacío, llenándome de lluvia.
¿Acaso puedes arrepentirte?
¿Ya no hay alternativa? ¡Qué más da!
De todos modos
la muerte no es terrible. Sólo es muerte
la certeza del olvido.
Soy feliz, aquí en el manicomio.

¿Cuántos años nos quedan?
Meses, semanas, días, instantes,
horas, tal vez?
¿Quién dirá la última palabra?, o el último poema?
Un triunfo, un éxito. El Premio Nobel será para mí.
Ya no caminamos juntos. Ahora me escribirás cartas
desde una celda, y a oscuras. Dentro de ti mismo
inerte, abro los ojos, para cerrarlos al instante.
Soy libre y me perfumo de romero ¡La Libertad!
Para sentirme herida y rota ¡El abismo!
Respiro profundamente, y miro al cielo ¡Sueño!
Para hundirme y caerme.
Todo esto en tan sólo un año, o tal vez…
¿Ha sido más tiempo?
¿Dónde estás? ¿Dónde te escondes?
Tengo miedo de tus palabras. De tus gestos endurecidos,
de tu mirada y de tu boca.
Me echas a mí la culpa de tu amargura.
¡Sal de ti mismo y vive! Pronto se acaba el tiempo.
No lo sabemos. Piénsalo.
No es literatura barata. Ni necia filosofía de un libro.
Sale cara la nostalgia. Tú no te das ni cuenta.
De un libro cualquiera. El libro de la Vida.
Estás muerto. No sientes. Sólo odio y venganza.
Nada vale la pena. Cuenta lo que tienes, que todo es frágil
pero, no quieres saberlo, eres cobarde.
Te escondes en tu mundo, que ya no es feliz,
porque ya no lo encuentras. Me lo achacas a mí, y te ríes.
No quieres vivir, ya no sabes lo que quieres. Ya no sientes.
Sólo odio y venganza.
Dices: ¡Tú sí vives en el mundo feliz!
Dime, ¿dónde está ese mundo?
Yo lo quiero para mí. Vivirme y desear más vida.
No rompas lo que queda. Son pedazos, nada más.
Vuelve y sal de la oscuridad.
La vida no pasa dos veces.
¡Otra vez, no, por favor!
Yo no quiero morir. Ahora pienso, si ella se murió de pena
O la mataste tú.


Amparo Peris Hernández.
Desde Valencia, España.