sábado, 31 de diciembre de 2011

Luis E. Pietro. Narrativa.




TE TRATARÉ COMA A UNA REINA...

    Anochecía...
    No era significativo el dolor de la última paliza porque me había jurado que sería la última, que nunca más me rompería la mandíbula con el paraguas chino, que jamás me patearía la barriga con aquella rabia de loco irresponsable. Luego hicimos el amor casi con la misma rabia con la que me zarandeó apenas ocho horas antes. Realmente era increíble, tanto en lo bueno como en lo malo. Era, a todas luces, un ser distinto, extremo y delicado. Cuando perdía el control se comportaba como un ciclón, como una fuerza inmensa de la naturaleza que arrasaba todo lo que encontraba a su paso. Con el niño parece que se contenía un poco y casi nunca llegó a marcarle de una forma irremediable. Yo solía interponerme en su camino porque intuía que mi amor era más fuerte y estaba más preparada que el niño para soportar su furia irrefrenable  y transitoria. No debería beber porque el alcohol le está perjudicando y le avoca, inevitablemente, a la furia. Luego, cuando se le pasa, me pide perdón  y llora amargamente con unas lágrimas que no pueden ser fingidas, que son tan reales y dolorosas que me encogen el alma y me dan ganas de comérmelo a besos. Pero no quiero hacerlo porque temo que se sienta disminuido en su hombría y lo pase mal, que piense que no le valoro su condición de macho poderoso y dominante. Yo sé que cambiará. Sé que algún día se dará cuenta de que mi amor por él es tan inmenso que ya no necesitará esa rabia que le desborda cuando sin querer le contradigo. Solo espero que me de tiempo a poder demostrarle que mi amor será capaz de contrarrestar a su ira inevitable...

    Amanecía...
    Dentro de un rato me pondré la burka y taparé mi cuerpo al mundo para dirigirme al mercado. Es una prenda incómoda que detesto, pero mi padre me la ordenó cuando hace un año cumplí los diez y seis. Mi madre me dijo, al oído para que mi padre y mis hermanos no se enterasen, que era una prenda insufrible y pesada, pero que tiene la ventaja de que te aísla del mundo y que te mantiene siempre limpia sin tener que hacer grandes esfuerzos personales. Mi padre no me preguntó. Simplemente  cumplió con su deber y con la tradición. Mi hermano me acompañará ahora  por las callejuelas para que nadie me importune. Los primeros días me sentí como una prisionera, pero ahora entiendo que es lo correcto y lo positivo. Ahora no sabría qué hacer todos los días exponiendo mi cuerpo a las gentes como si fuera una propiedad compartida. Sé que mi padre ha hablado ya con el padre de mi primo para arreglar mi boda. Mi primo parece un buen hombre aunque solo lo he visto una vez hace ya unos meses cuando vino de visita a la ciudad. Tiene casi la misma edad que mi hermano y parece fuerte y sano. Me gustaría que mi padre y mi tío llegasen pronto a un acuerdo en la dote porque sé que su casa es amplia y puede ser un buen marido para mi. Me ha dicho mi prima que cuando no está enfadado se ríe mucho. Espero que con el tiempo sea yo capaz de hacerle feliz y de no enfadarle nunca...

    Te trataré como a una reina.

Luis E. Prieto.
Desde Madrid, España.

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